El Quindio antes y después.
Los primeros colonos llegaron al Quindio hacia el año 1870, era solamente una espesa selva húmeda, con un sendero cubierto por el lodo, que
supuestamente se utilizaba como camino entre Ibagué y Cartago, transitado por mulas bueyes y caballos , o viajeros alzados en cargueros de pantalón remangado y espalda musculosa. Algunas manadas de reses con destino a alimentar a las tropas en la guerra del
Cauca, se encargaban de trillar el camino convirtiéndolo en un lodazal. Los ganados y los viajeros se perdían fácilmente en la manigua, porque de igual manera el camino se perdía entre los matorrales y los charcos, pero existían puntos de encuentro, donde
se contaba el ganado y se esperaba a los extraviados, el más importante de esos puntos se llamó Novilleros ( Nudilleros o Novillos) ubicado en una media colina, en el sitio denominado membrillal, donde más tarde se fundó ¨Filandia¨ en 1878 .Memorias de un
viajero.¨Al llegar al Roble, el cielo se había oscurecido y el temblor de las hojas presagiaba una tormenta; continuamos, sin embargo, nuestro camino era literalmente por medio de un bosque que con dificultad daba paso a la luz, anegado de fango profundo.
A los doce o quince minutos de marcha, el aguacero que nos amenazaba empezó a caer con una violencia desconocida por los que no hayan pasado por la Trocha. Son aguaceros modernos. Paróse mi carguero, porque era imposible caminar, y resolvió esperar a sus compañeros.
Entre tanto comenzaron a agitarse las copas de los árboles; a poco rato oímos un zumbido prolongado. La tempestad de Toche, dije al carguero, Mucho peor, patrón, me contestó: es un huracán. Así era en verdad. El terrible fenómeno, paseándose sobre un océano
de árboles, bramaba con furia; doblaba las altivas copas, que se bamboleaban, crujían y caían haciendo templar el suelo. Sobresaltando mi carguero quiso continuar en busca de un sentadero en donde viésemos al menos por qué lado venía el peligro. ¡Inútil afanar!
El camino estaba totalmente obstruido, toda retiraba era imposible. Ni se aplacaba en tanto la furia del vendaval, ni se disminuía el torrente de agua que nos inundaba; deslumbrándonos el vivo fulgor de un relámpago, serpenteando a nuestros ojos el rayo,
al tiempo mismo que el estampido del trueno nos llenó de terror. La elevadísima copa de un árbol de otoba cayó aplastando los matorrales que crecían a su sombra. El furor del huracán estaba en su colmo. Yo, apoyado en un árbol, contemplaba con profundo recogimiento
aquel sublime espectáculo y me disponía a presentarme ante el Supremo Juez, tal era el peligro... Ortiz, sentado sobre un tronco, observaba atentamente los árboles que nos rodeaban... De pronto se levanta, y "¡corra patrón!", me dijo: era el momento. Dos ráfagas
de viento, de vientos encontrados diametralmente sobre nuestras cabezas, chocaron con espantosa furia, torciendo los árboles que nos cubrían, los arrancaron, los hicieron girar en la violenta vorágine y los arrojaron a tierra... Sin recurso en lo humano, volví
los ojos al cielo: pensé en mis deudos y amigos y me resigné... Cesó por fin la lluvia, el huracán se oía a lo lejos... Ortiz me hizo montar, y venciendo mil dificultades, llegó conmigo al Portachuelo¨. Este Quindio que hoy, ciento cincuenta años después de
la epopeya colonizadora, conocemos como el Edén turístico del eje cafetero, es una hermosa comarca, donde el paisaje cafetero marca un destino para los nuevos viajeros. Se conservan las construcciones paisas de casas coloniales, de bahareque y tejas de
barro, el jardín colgante de los recipientes rotos pegados a los postes de los corredores, jazmines, claveles, begoñas y glosineas adornan con colores el paisaje, los cucaracheros y mirlos construyendo sus nidos en las puntas de las guaduas del techo, el racimo
de bananos colgando en el corredor, los jardines en tierra con tulipanes, hortensias, rosales y frutales, donde no falta el níspero. Las vías de comunicación entre las poblaciones y veredas en perfecto estado, para llegar a los hoteles campestres que ofrecen
estadías de alta calidad, algunos con ese estereotipo tan campesino, que las camas están vestidas con colchas de ratazos de colores, tejidas por las abuelas. Colores de cada momento feliz de nuestra vida. Colores de amor, de pasión, de deseo, de amistad.
Colores de la primavera de nuestra adolescencia, y colores del otoño de nuestra plenitud.( ¨Pilar Iglesias¨). La arquitectura religiosa es supremamente hermosa, cada población compite por tener el mejor templo donde se veneran iconos de famosos pintores y
escultores del viejo y el nuevo mundo. Las cafeterías gourmet que ofrecen sus productos de origen, desde el café serrero, con aguapanela y canela, hasta el más decorado y artístico cappuccino italiano al vapor. Pernoctar una noche en el campo quindiano, no
es una aventura, es acariciar el cielo bajo las estrellas, observar la luna pintando los yarumos de plata, escuchar aquellas canciones de los abuelos, que nos recuerdan ¨Abierta a golpes de la mano mía, tengo en la plenitud de la montaña, una faja de tierra
labrantía y levantada al fondo mi cabaña, esa mancha blanca en medio de los cafetales son las chapoleras del café, las mujeres quindianas jovenes acompañando los recolectores y en la huerta casera la madre labriega que nos transporta a aquella que nos dio
la vida,¨ Porque inclinaste tu frente sobre el altar de las eras aprendí a querer el surco, mi dulce madre labriega, porque tus manos mecieron el pan en cunas de tierra prendí a querer la espiga y el agüita que la alienta. Porque le enseñaste al sol a tejer
con miel la huerta y al ruiseñor del alero tus canciones jardineras aprendí a querer la luz que madura las cosechas y las semillas que gritan tu nombre cuando revientan. Porque enseñaste una flor a cada mañana nueva aprendí a querer las tardes que son como
tú, morenas, porque enseñaste también que son de espigas las penas aprendí a querer la vida mi dulce madre labriega¨ ( Luis C González). Saludos Jairoache
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