cRUCES ENTRADA FILANDIA
A la entrada del camino que conduce a Filandia, desde la autopista del café, está Cruces, especie de paradero en la antigüedad, donde los parroquianos esperaban algún transporte en una de las dos carriolas que viajaban a Armenia o Pereira, una vez al día. También en época de invierno, existía una pesebrera donde se podía alquilar un caballo para completar el recorrido o guardar los que venían del pueblo, mientras el dueño iba en bus de escalera, con llantas encadenadas, hasta armenia y regresaba en la noche, guiado solamente por los ojos de la bestia y algún lánguido farol. Fueron los tiempos de la verdadera "Colina iluminada", cuando sin enegia eléctrica los noctámbulos recurrían a la antorcha y los más ricos a la coleman. No sé que tan indispensable sería el sitio, lo que si se, es que mucho antes cuando no existía la carretera de armenia a Pereira por el alto del Roble, este era punto final o de llegada de los vehículos, especie de terminal. Allí vivió muchos años Arturo Franco, un primo de mi madre, amplio conocedor de la zona e informador de referencia para los que querían saber sobre familiares que vivían en sitios perdidos a orillas de río Barbas, entre la corriente y la manigua o al otro lado junto a La Sierra y Morro
azul. Las tormentas eran crueles, con caída de árboles, granizadas y cierre de la vía, hasta que algún vecino, hacha en mano cortaba el grueso tronco y derramaba los brazos, para abrir paso, pero los vecinos eran pocos, el de Cruces, una casa en Portachuelo y la otra en la Chena, a más de tres kilómetros una de otra, en medio de la soledad. Si el caballo lograba salir de un tragadal, caía en otro pantanero, solo los zamarros de cuero lograban proteger al projimo. Una taza grande de agua de panela con queso y arepa
era la especialidad de esta remedo de mesón, donde también se vendia aguardiente amarillo, del alambique de otro Franco, mi abuelo. El café serrero, ese que se preparaba en olla grande, a la cual, cuando hervía se le agregaba el café molido y se decantaba, rociándolo con un puñado de agua fría y para conservarlo caliente el rescoldo, siempre estuvo a la orden del día.
Cuando tenía doce años, corrimos el trayecto con los compañeros de la escuela, llevando en la noche la antorcha olímpica conque se iniciaría la celebración del 20 de Julio. No sé cuántas veces choque de nuevo y con las mismas piedras, llegamos con las rodillas peladas, sangrando, pero éramos los héroes de la jornada.
Saludos jairoache.
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