Doña Dolores nunca entendió el titulo de doña, !e parecía que la estaban confundiendo con otra persona, desde niña la llamaron Lola y cuando se
fue a vivir con Sepulveda, le chantaron el misia, le gustaba, le parecía que le daba personalidad y a su avanzada edad todos los vecinos la llamaron "misia Lola", menos el vecino que vivía en la casita de al lado, donde venia a vacacionar el patrón cuando
estaba vivo. La casita se la cedieron al profesor de la escuela rural de la vereda, un hombre muy bien puesto , que cargaba bajo el brazo,como libro de consulta, "La Urbanidad de Carreño" un sombrero bombín sobre su despeinada cabellera
y un chaleco de cuero, para destacar su apariencia. Después de pasar el puente de tierra de la quebrada, caminaba a paso firme unas cinco cuadras para llegar a la escuela, saludaba quitándose el sombrero a los caminantes que
se cruzaban a su paso y era su costumbre saludar a los párvulos por el nombre. Cuando le consultaron, sobre la necesidad más urgente de la escuela, pidió una campana: puede enviar mensajes de alegría, de Gloria , llamar al servicio y ser motivo de unión,
mi padre se la llevó al domingo siguiente. Y desde ese día se escucho tañir en las mañanas llamando a la clase, a media mañana al recreo y a la una despidiendo a los alumnos con alegres tonadas.
Misia Lola no tenía obligación de de hacerlo, sin embargo nunca lo falto con las tres comidas del día, algo que le agradecía trayéndole algunos tabacos "calillas", desde la fonda del camino y algún corte de tela cuando iba al pueblo. Ella, era
la persona más anciana de la vereda, admirada por su capacidad de trabajo, en la finca que fue de Tomas, conseguía y rajaba la leña para el fogón, ordeñaba la vaca y encerraba el ternero, barría los patios con escoba de ramas, cuidaba las flores y el aseo
de la casa, quedándole tiempo para escuchar la novela, en el radio Sutatenza, mientras remendaba algunas prendas. Su falda larga de saraza medio luto, cubriéndole los tobillos, era el homenaje diario a Sepúlveda, fallecido desde
cinco años atrás.
Pasaron los años y el maestro cambió de escuela, antes de viajar vino a despedirse y a dejarle un presente, en una cajita encintada, una rosita
de oro, con dos hojas de Esmeralda. Fue el único regalo que recibió en la vida, y se lo había obsequiado alguien que sabía saludar, decir gracias y en las tardes cuando sol se pone rojo, le había enseñado a leer, para que pudiera entender las
cartas que cada mes le llegaban de un maestro que estaba más allá de la montaña donde se ocultaba cada día el sol rojo.
Saludos Jairoache
No hay comentarios:
Publicar un comentario