azul. Las tormentas eran crueles, con caída de árboles, granizadas y cierre de la vía, hasta que algún vecino, hacha en mano cortaba el grueso tronco y derramaba los brazos, para abrir paso, pero los vecinos eran pocos, el de Cruces, una casa en Portachuelo y la otra en la Chena, a más de tres kilómetros una de otra, en medio de la soledad. Si el caballo lograba salir de un tragadal, caía en otro pantanero, solo los zamarros de cuero lograban proteger al projimo. Una taza grande de agua de panela con queso y arepa
era la especialidad de esta remedo de mesón, donde también se vendia aguardiente amarillo, del alambique de otro Franco, mi abuelo. El café serrero, ese que se preparaba en olla grande, a la cual, cuando hervía se le agregaba el café molido y se decantaba, rociándolo con un puñado de agua fría y para conservarlo caliente el rescoldo, siempre estuvo a la orden del día.
Cuando tenía doce años, corrimos el trayecto con los compañeros de la escuela, llevando en la noche la antorcha olímpica conque se iniciaría la celebración del 20 de Julio. No sé cuántas veces choque de nuevo y con las mismas piedras, llegamos con las rodillas peladas, sangrando, pero éramos los héroes de la jornada.
Saludos jairoache.